No es coincidencia: los casos del Sáhara Occidental y Palestina. 
Bernia Sanz | 28 Junio 2021

Casi dos meses después y tras la digestión de las imágenes de la apertura de las fronteras marroquíes y el bombardeo sistemático de Palestina por parte del Estado israelí, las referencias en los noticiarios son residuales. En todo caso, dichas noticias no suelen hablar del problema real y profundo que acompaña estos acontecimientos. Esta sociedad en la que vivimos, consumista y capitalista hasta la médula, en la que participamos activamente, para que negarlo, permite y favorece que dichos agravios sociales y humanitarios sean silenciados y/o ignorados según intereses del capital de la información, esas empresas que concentran la mayoría de los activos mediáticos.

 

Esta tendencia es evidente si te apartas de los principales canales de información o los lees con perspectiva crítica y buscas en fuentes alternativas. Por ello hemos querido hacer una comparación de ambos escenarios y ver la situación actual y el motivo latente tras haber sido espectadores en primera fila desde nuestro sofá. 

No es coincidencia que prácticamente al unísono dos conflictos con características muy similares salieran en los grandes titulares de la prensa nacional e internacional, de hecho, parece más bien un efecto dominó. A todos se nos encogió el corazón al ver las crudas imágenes de los bombardeos de Israel, como también empatizamos con la imagen de la voluntaria de la Cruz Roja abrazando a un inmigrante desconsolado que había arriesgado su vida para llegar a tierra española.

 

Estas imágenes, que los occidentales digerimos con demasiada facilidad, son el resultado de dos agónicos y prolongados conflictos de carácter político y social que están muy lejos de llegar a un puerto de fraternidad e igualdad. 

El detonador de la apertura de las fronteras de Marruecos y la pasividad del ministerio de Asuntos Exteriores español, es el resultado de una situación incómoda para España, el conflicto sin resolver de la antigua provincia 54: el Sáhara Occidental. Las tensiones diplomáticas existentes entre el Estado marroquí y español son a consecuencia de la acogida y tratamiento médico por Covid-19 de Brahim Ghali, presidente de la República Árabe Saharaui Democrática, con quien Marruecos libra un conflicto armado, reactivado desde el pasado mes de noviembre de 2020. Causas y consecuencias que aborda y apuntaba nítidamente nuestro compañero Óscar Redondo en su artículo “Los orígenes del conflicto en el Sáhara Occidental y el nordeste de África”. 

Hay que tener en cuenta en esta ecuación que Marruecos es un aliado necesario para la Unión Europea, ya que le hace el trabajo sucio controlando las fronteras naturales entre Europa y el norte de África, además de ofrecer suculentos acuerdos económicos y armamentísticos a los miembros europeos.

 

Esta tesitura pone a Europa y en especial a España en una posición delicada respecto a las relaciones diplomáticas con el país liderado por Mohammed VI, quien constantemente presiona a ambos actores políticos para favorecer los intereses económicos de sus élites, pero a su vez presiona para legitimar la ocupación ilegal del territorio saharaui, muy rico en bienes agrícolas, pesqueros y minerales, además de estratégicos.

Actualmente la situación diplomática es tensa e incómoda, hasta el punto de que Europa ha salido tibiamente a reforzar la posición española y apoya el proceso de descolonización y desocupación propuesto por la ONU en 1991, congelado y a la espera del desbloqueo internacional mientras el enfrentamiento bélico continúa. 

Respecto a la situación palestina, presenciamos una vez más la inoperancia de los organismos internacionales, quienes practican el juego de estirar el chicle hasta que desaparezca el problema o se gane la partida por el oponente más fuerte. En esta ocasión hemos sido espectadores frente a nuestros televisores y dispositivos de dos intensas semanas de bombardeo sistemático por parte de Israel en Gaza a principios del mes de Mayo, supuestamente focalizados en erradicar núcleos activos de Hamás, que se han cobrado más de 230 vidas civiles.

 

En esta ocasión el desalojo de varias familias en la ciudad de Jerusalén, en el barrio nordeste de Sheik Jarrah, fue el detonante de un aumento incendiario de la violencia entre israelíes y palestinos, coincidiendo con los días finales del Ramadán y la inminente celebración de un desfile conmemorativo de la Guerra de los Seis Días por parte de grupos nacionalistas israelíes.

 

La represión realizada por las fuerzas policiales israelíes en la mezquita de Al Qasa por las protestas contra el desalojo de las familias palestinas de sus casas fue el detonante de la rotura del frágil alto al fuego que mantenían israelíes y palestinos desde 2014.

Hamás, tras haber declarado varias veces represalias si la represión contra los palestinos no cesaba, lanzaron siete cohetes contra la ciudad y centro de Israel. Ataques que obviamente fueron contestados por parte del gobierno israelí, eso sí, con la rotundidad y fuerza que caracteriza al Ejército israelí, bombardeando de forma sistemática la franja de Gaza. Los ataques entre ambos bandos se han sucedieron durante once días y han costado la vida de 230 gazíes y 12 israelíes, quedando patente la desventaja de un pueblo que cada vez queda más arrinconado en un territorio que en un momento de la historia fue propio. 

Aunque antes de que estallara el enfrentamiento bélico diferentes países europeos y la ONU había pedido al gobierno de Netanyahu que relajara la tensión existente en la ciudad santa, Israel optó por ignorar estos consejos en favor de su política colonizadora sistemática. Esta tendencia no es ninguna novedad, ya que desde que se fundara el estado de Israel en 1948 e incluso antes, la política sionista de ocupar el territorio palestino para establecer un estado “de nueva planta” y someter al pueblo musulmán a merced de sus intereses económicos y políticos ha sido su principal bandera.

 

Es llamativo que todavía hoy en día los motivos que llevan a diferentes agrupaciones nacionalistas israelíes a intentar desalojar a las familias palestinas del centro de Jerusalén se basa en contratos de propiedad de finales del siglo XIX, cuando empezó a fraguarse el actual estado israelí. 

Todos estos acontecimientos han sucedido en un contexto de escalada de la radicalización por parte de la población israelí, quienes llevan varios años de incertidumbre política, donde su recién destituido líder, Benjamin Netanyahu, tras estar 12 años seguidos en el poder y rodeado por un halo de corrupción, no fue capaz de mantener en su última etapa la estabilidad política necesaria. Esta tesitura le llevó a bailar el agua a diferentes nichos de votantes para asegurar, de forma fracasada, su puesto en el poder, crispando la opinión pública y fortaleciendo el odio hacia el diferente. Netanyahu, en un desesperado intento de aferrarse al poder, protagonizó en sus últimas semanas en el cargo de primer ministro uno de los ataques más feroces hacia Gaza de las últimas décadas y le ha servido para que una amalgama de partidos heterogéneos hagan lo imposible en otros momentos, unirse para destituirlo. 

No es de sorprender la inacción internacional ante dicha catástrofe social y humanitaria, ya que, a ojos de todos, el mayor aliado de Israel, EEUU, es quien ha de mover ficha y como de costumbre es muy cauteloso cuando se trata del estado de la nación judía. Biden se ha limitado a recomendar el cese de la acción militar y ha desoído las reclamaciones de los palestinos en la ONU, bloqueando una petición de alto al fuego institucional a 48 horas de pedirla él mismo.

 

Contradicciones que ponen de relevancia la presión a la que someten los lobbies sionistas a una de las naciones más poderosas del mundo y que remarcan la intención de Biden de dejar de lado las prácticas impulsivas y descaradas de su sucesor Donald Trump. 

Ante los atropellos realizados contra el pueblo palestino y saharaui, conflictos que llevan activos desde hace décadas, somos partícipes del blanqueo de Estados cainianos, que son inmunes a cualquier moralidad y/o condena internacional por sus acciones abusivas e intolerantes hacia la humanidad. Solo hay que remitirse a los sucesos acontecidos estas últimas semanas para ver como ambos conflictos son bombas de relojería que esporádicamente e incluso al unísono estallan a las primeras portadas de la prensa, consecuencia del desgaste del conflicto y/o el aprovechamiento de los líderes de las fuerzas ocupantes para presionar a la opinión internacional (Marruecos) y a sus electores (Israel).

 

Tampoco es coincidencia que estos dos estados se hayan reconocido mutuamente de forma oficial a finales del 2020, gracias a la “intermediación” de Trump, quien a su vez reconoció la soberanía de ambos países en los territorios que ocupan, siendo el primer reconocimiento internacional de peso y en contra de las sentencias de justícia internacional. El tiempo, una vez más, será fiel compañero de estas dos contiendas, albergando la esperanza de una posible solución y de que el mundo sea consciente de los atropellos que contemplamos a través de nuestras pantallas y hagamos algo para remediarlo. 

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